jueves, 1 de junio de 2017

El sospechoso caso de la mosca en la sopa


La relación de C. con el señor E. iba viento en popa, al menos de puertas hacia afuera, ya que continuaban sin compartir dormitorio, principalmente debido a la inexistente experiencia sentimental de nuestro especial investigador, además de las pocas ganas de forzar las cosas que mostraba su nuevo inquilino, bastante agradecido por el generoso ofrecimiento de su admirado galán para compartir domicilio, como para querer aun encima acelerar un proceso que sabía le llevaría su tiempo asimilar. Eso sí, la vida social de la pareja se había incrementado notablemente, puesto que todos los amigos de C. querían conocer al responsable de su perenne sonrisa y, dicho sea de paso, lo increpaban sobremanera para incitarlo a superar las barreras que todavía les impedían consumar su amor.

No obstante C. es un chico sereno, pese a su aspecto juvenil, ligeramente atenuado por su cuidada perilla, tiene la madurez suficiente para saber esperar y se contenta con poder ser partícipe de la vida del hombre al que adora como tal, por lo tanto no es de extrañar que asista a los cambios que se producen en su forma de comportarse absolutamente extasiado. Morris suele ser más expresivo, observa a su amo aceptar encantado invitación tras invitación para salir de casa e intercambia una significativa mirada con C., aderezada con algún que otro ladrido que bien podrían traducirse como un “¡Si no lo veo no lo creo!” Situación que precisamente esta semana se repetirá a diario por justificada razón. 

Un antiguo compañero de instituto de C. está en la ciudad y, dada su estrecha amistad, los llama insistentemente para compartir con ellos los escasos momentos que su apretada agenda le deja libres. Afincado en París, su influyente blog culinario lo lleva a peregrinar por todo el planeta en busca de novedades que dar a conocer a los millones de personas que siguen su consejo. Sus afiladas críticas le hicieron merecedor del apodo “el bisturí”, así como de ganar codiciados premios por su buen hacer, además de por su buen gusto a la hora de recomendar tendencias, estilos y hasta descubrir nuevos sabores a los gurús del gremio. 

En realidad se llama Henrique y él y C. habían sido algo más que compañeros de pupitre, de ahí su curiosidad por descubrir quién ocupa ahora el corazón del que puede decirse que fue su primer novio. C. lo aprecia mucho, incluso obviando el esnobismo que lo empuja a hacerse llamar Henri, como tercamente repite siempre que se encuentra con un conocido de antaño, con su impertinente acento parisino pronunciando la e como una a tan nasal que resulta molesta al oído, así como la erre semejante a una g gutural. Sin embargo, toda su parafernalia se desarma al encontrarse con el señor E. en persona. Su amigo llegó con antelación al restaurante en el que los había citado, pero éste vino directo del banco y Henri tuvo que reconocer la impresión que le produjo su porte al caminar. “¡No me habías advertido de que era todo un dandy! ¡De lo contrario me habría puesto algo más acorde con su elegancia!”, exclamó un tanto molesto aprovechando para propinarle un ligero toquecito en la mano en señal de desaprobación (y de que algo queda de aquel amorío adolescente), lamentándose interiormente por no haberse puesto pajarita como el hombre que se acerca despacio sonriéndole de una manera tan deliciosamente afable.  

Henri no cabe en su gozo al escucharlo pronunciar su nombre como es debido, el señor E. pareció sorprendido de que alguien no lo hiciese, sin ser consciente de que no todo el mundo estudió en el liceo francés. También le resultó curiosa la manera de comportarse con él de aquel joven de flequillo engominado y nuca rapada, poblada barba con estudiado aire desaliñado, gafas de pasta con coloridas patillas, camisa estampada abrochada hasta el cuello y pitillos remangados por encima de los tobillos; de modo que una vez que fue al baño le preguntó a C. si a su amigo le pasaba algo en las pestañas, o es que las utilizaba como abanicos. La carcajada de satisfacción que obtuvo por respuesta le dejó claro que se estaba perdiendo algo, pero se contentó con la disimulada caricia en el muslo que le hizo en señal de alivio, por hacer caso omiso del descarado coqueteo del que estaba siendo objeto. 

Por lo demás la comida se desenvolvió con absoluta naturalidad, el señor E. quiso saber a qué se dedicaba y Henri pudo así dedicarse a lo que en el fondo más le apasiona, es decir, a hablar de sí mismo. Lo único que interrumpió el monólogo del efusivo interlocutor fue un incidente en una mesa próxima a la suya. Una señora de avanzada edad sobresaltó al resto de comensales al proferir un repentino grito de terror, seguido de un afectado semidesvanecimiento. La causa de semejante actuación no fue otra que haberse encontrado una mosca en su sopa de sandía al curry. El dueño del establecimiento intervino de inmediato para que no cundiese el pánico en el comedor, hizo salir al chef para pedir disculpas públicamente, y de inmediato retiró el plato en cuestión como si se tratase del verdadero causante de una pandemia global. Los murmullos de los comentarios sobre lo ocurrido fueron dejando paulatinamente en segundo plano la suave música ambiental, que se escuchaba perfectamente tras hacerse el silencio, y Henri no tardó en mostrar su garra al aseverar que algo así no podía dejar de ser condenado expresamente en su blog. 

C., dado su carácter amable,  trató de sacarle hierro al asunto alegando que no le parecía tan grave, que debía ser indulgente con un error seguramente fruto de la casualidad, o de un simple despiste. Su amigo soltó entonces una perorata sobre la escrupulosa profesionalidad que debe reinar en un lugar sagrado como es un restaurante, puesto que llena estómagos ajenos con manjares divinos que bien merecen los clientes, puesto que para ello vacían sus bolsillos. El señor E. no dijo nada, aunque pensó que no era su caso, ya que Henri y sus acompañantes comían siempre por cuenta del local en el que ponía un pie, en aras de lograr sino una crítica favorable, al menos que su bisturí no se cebase con ellos, por lo que permaneció pensativo hasta que se despidieron. Morris ladró a modo de saludo al verlo salir del establecimiento, y fue entonces cuando salió de su ensimismamiento. 

De camino a casa les explicó a su fiel chucho y a su compañero que había algo en todo lo sucedido que no le encajaba. “Su comportamiento me ha parecido sospechoso en demasía”, fueron sus palabras exactas al referirse a la señora, y cada uno de sus oyentes reaccionó como se esperaba según su carácter. El perro entrecerró los ojos olfateando el aire en busca de algún indicio que lo llevase a ser capaz de encontrar una pista para su adorado amo, ansioso por no poder ser de ayuda en el nuevo caso que se les presentaba. Y C. sonrió encogiéndose de hombros restándole importancia: “Era un poco friki, sí, ¿te fijaste en qué ropa tan mal combinada? ¿Crees que con la edad perderemos el gusto cromático? Espero que no, por favor... Esto... Se ha quedado buena tarde, ¿y si damos un paseo después de lavarnos los dientes?” El señor E. suspiró asintiendo, tratando de dejar a un lado sus elucubraciones, hasta que cayó en la cuenta: “¿Acaso no tienes que trabajar?” “He terminado un par de encargos que ya recogió el mensajero, así que me tomaré el resto del día libre...” Y su sonrisa misión-cumplida-autónomo-que-se-sale consiguió al fin que el señor E. lo recompensase con otra de oreja a oreja, provocando que Morris revolotease a su alrededor dando botes y ladrando con el rabo en modo limpiaparabrisas, como siempre hace cada vez que los ve mirándose a los ojos de tal guisa. 


“Entonces no es de extrañar que no se presente a la hora convenida en ocasiones como ésta”, admitió el señor E. haciendo acopio de toda su paciencia para disculpar lo inexcusable a su modo de ver, la impuntualidad. C. intentaba que entendiese que Henri estaba muy solicitado, que se pasaba el día atendiendo a diferentes chefs que querían mostrarle sus innovaciones, o bien seleccionarle nuevas recetas que no podía dejar de publicar en su blog, por eso cada vez que sabían que estaba en la ciudad lo acosaban para aprovechar el breve lapso de tiempo que les dedicaba, no más de cinco minutos por persona, salvo que fuesen lo bastante vanguardistas para que les dedicase alguno más, diez como mucho. Justo en ese momento apareció por la puerta rodeado de una nube de cámaras y C. suspiró aliviado al reparar en la cara de estupor que se le puso a su compañero, olvidada por completo ya la media hora de espera. “La prensa también cubre sus apariciones públicas, por supuesto, recuerda que está aquí para juzgar si la nueva carta cumple con los requisitos para ser digna de sus elogios.” “O de su guillotina”, apreció el señor E. recordando la demoledora crítica que hizo en “El restaurante vegano que sirve carne de mosca”, que fue como tituló su última entrada...

La verborrea de Henri mientras cenaban sonó curiosamente parecida al molesto zumbido de tal insecto, así que el señor E. tuvo a bien congelar su afable sonrisa mientras se dedicaba a seguir analizando hipótesis sobre el sospechoso caso que ya conocía medio planeta. Pero cuál fue su sorpresa al presenciar una escena similar a la que habían vivido, cuando ni siquiera habían llegado al tercero de los siete platos de degustación. Un joven de desagradable aspecto debido a su abundante acné, y a su desafortunada elección en lo que a su indumentaria se refiere, es decir, de pinta estrafalaria, se quejó a viva voz de que casi se había roto un diente por culpa de un trozo de hueso en su coulis de frutos rojos. Sus exclamaciones no dejaron indiferente a nadie. Se repitieron las disculpas por parte de los responsables del establecimiento, el sonrojo del chef incapaz de explicarse lo ocurrido, y los comentarios que se extendían como la pólvora por las redes sociales gracias a los móviles que tecleaban implacables en prácticamente todas las mesas.

Ni que decir tiene que la mayoría de los comensales, a juzgar por las sarcásticas miraditas por el rabillo del ojo, conocían de sobras quién estaba observando sin compadecerse de semejante atentado contra la integridad culinaria, como él mismo declaró a los periodistas apostados en la puerta del local a la captura de alguna declaración, cuya espera se vio recompensada con creces, evidentemente, muy a pesar de C., quien le reprochó al despedirse lo categóricamente que se cebaba con un desliz, sin tener en cuenta en absoluto lo bien que habían cenado. “Tú siempre tan pusilánime, querido, tengo que mostrarme firme, ¿es que no lo entiendes? De lo contrario irán a leer a otro que levante más ampollas, la bondad ya no se lleva, a la gente le va la polémica, cuanta más caña les doy, más seguidores obtengo. Esto funciona así...”, y su cara de no-es-porque-a-mí-me-guste-que-conste no les convenció en absoluto. 

Esta vez el señor E. permaneció callado durante el trayecto hasta casa. C. pensó que estaría cansado después de haberse pasado también la tarde trabajando como cada jueves y no quiso molestarlo, dado que al día siguiente tenía que madrugar. Ambos lo hacían, en realidad, puesto que se levantaba para ir a correr mientras él paseaba a Morris antes de ir al banco como de costumbre, le gustaba acompañarlo pese a no poder disfrutar de la conversación que mantenía con el cánido, aparte de por ir mucho más rápido que ellos, por llevar su música preferida en los auriculares. Música que en su cuarto prefiere escuchar utilizando  los altavoces con el sonido casi imperceptible para no molestarlo, por eso podía oírlo perfectamente hablándole al chucho y le pareció raro que estuviese haciéndolo durante tanto tiempo, así que tras mucho deliberar consigo mismo sobre los pros y contras de su atrevimiento, finalmente se decidió a indagar si le pasaba algo. 

El señor E. paseaba abstraído de un lado a otro de su habitación delante de su armario ropero bajo la atenta mirada de Morris, a quien evidentemente dirigía sus especulaciones varias, el can mantenía una postura erguida pese a estar sentado sobre sus extremidades inferiores como perro inteligente que se precie, a fin de no perderse ni un solo gesto de su amo, quien suele enfatizar sus palabras con significativos ademanes para clarificar sus argumentos, y es bien sabido que se trata de algo fundamental en la comunicación no verbal, cuando se vio obligado a reorientar uno de sus pabellones auditivos al percibir unos ligeros golpes. Su dueño no reaccionó, embebido como estaba en plena cábala, y su fiel escudero lo advirtió con un amortiguado ladrido (modo noche, como le había enseñado que debía hacer a aquellas horas, a fin de no perturbar el sueño del vecindario) de que estaban llamando a la puerta. “¿Quién va?”, preguntó perplejo y el chucho a punto estuvo de poner los ojos en blanco. Un tímido C. asomó la cabeza, acobardado ahora que tenía ante él el estupefacto rostro de su amado, aunque se relajó al verle cambiar de expresión al instante. “¡Lamento haberte desvelado, querido C., tienes que perdonar mi absoluta falta de delicadeza!”

Les dieron las dos y las tres sentados en la cama, desmenuzando el caso concienzudamente mientras daban buena cuenta de un helado de mango y nueces de Macadamia, porque en los restaurantes caros se come estupendamente, pero resulta un tanto escaso, todo hay que decirlo, y con el estómago lleno se razona mucho mejor, eso también es algo bien sabido. A muchas conclusiones no llegaron, la verdad, también hay que reconocerlo, C. no le fue de gran ayuda para sacar algo en limpio, su ahijada era mucho más útil en esas lides, no obstante, su amena conversación le sirvió para relajar un poco la sobrecarga acumulada tras el esfuerzo mental. “Lo que pasa es que estás muy tenso”, le dijo colocando estratégicamente sus finos dedos sobre sus cervicales masajeando suavemente la zona afectada, “Deberías descansar y dejar de pensar tanto en el tema, será mejor que le diga a Henri que mañana no vamos a la reapertura del otro restaurante...” “¡Eso es!”, exclamó el señor E. girándose para mirarle a los ojos, pese al respingo que pegó dada la inesperada efusividad, lo que no hizo fue apartar los labios cuando le plantó en ellos un beso igual de apasionado.


C. creyó estar en la gloria al día siguiente, no entendía muy bien cuál era la impagable pista que le había proporcionado al señor E., pero tampoco le dio demasiadas vueltas, embobado como estaba contemplando cómo dormía plácidamente entre sus brazos hasta que sonó el despertador. El “buenos días, amor” que vino acto seguido no pudo henchirle más de gozo el corazón, aunque sí le aceleró el pulso el beso que le dio a modo de respuesta, era el efecto embriagador que provocaba en él, cualquier roce de su piel lo hacía estremecer, así que llevaba una buena dosis en las últimas horas. Horas fueron las que no le daban pasado hasta volver a verlo al mediodía, preferiría no tener que asistir a la dichosa cita con Henri para tenerlo todo para él, sin embargo se resignó dada la relevancia que parecía tener el evento. De hecho le obligó a explicarle todo lo que sabía acerca del establecimiento: que había tenido bastante fama en los últimos años, pero que había caído en desgracia por no aportar novedades más a menudo, el ostracismo se hizo evidente tras una mala crítica de Henri, de tal modo que se vieron obligados a echar el cierre, y ahora su propietario había apostado por un nuevo chef muy dinámico con el que pretendía recuperar el esplendor de antaño.

En esta ocasión Henri se presentó puntualmente, fue el señor E. quien se retrasó por justificadísimos motivos laborales, lo que no impidió que llegase sudoroso por haber apretado el paso más de lo normal a fin de llegar antes. El crítico estaba tan ávido por conocer todos los detalles del local, como el investigador amateur por intentar validar su teoría. Tuvo que armarse de paciencia una vez más a la espera de su ansiado momento, puesto que hubo de saborear primero el repertorio de suculentos platos que les sirvieron. Henri trataba de contener su evidente satisfacción, para no dar muestras de lo delicioso que estaba todo, ya se desharía en elogios en su blog, prefería mantener en secreto sus apreciaciones positivas hasta que eran publicadas, las malas solía airearlas antes para ir caldeando el ambiente, porque sus lectores deseosos de carnaza eran legión, mientras que sus críticas elogiosas recibían muchas menos visitas, salvo que se tratase de una primicia en exclusiva, como era el caso.

Y el caso del señor E. se resolvió también en cuanto acabaron de comer. Henri quiso saludar al chef en su santuario, dirigiéndose pomposamente hacia la cocina, seguido del no-me-cabe-una-paja-en-el-culo propietario del restaurante, pero con lo que no contaban es con que el distinguido sabueso fuese el primero en tomar la palabra al ver ante él a toda la plantilla de punta en blanco. “¡Sabotaje!”, dijo a viva voz y a todos se les desencajó el rostro, “¡Se trata de un claro caso de sabotaje, señor mío!”, imprecó al dueño señalando con el dedo a la mujer de edad avanzada, que ejercía de sumiller, y al joven con acné, ayudante de repostero, cuyos rostros destacaban entre los de los demás por su repentino tono rojizo tras ser descubiertos. 

Por una vez Henri escuchó atentamente el relato de lo sucedido en los otros restaurantes en boca del señor E., estaban sentados en su apartamento alrededor de la mesa del comedor, además de C. con Morris en el regazo, la ahijada y su novio, que habían venido a saber de primera mano por qué su padrino se había hecho famoso tras abrir los informativos de la noche de todas las cadenas (el verano se aproxima y ya saben que se relajan los contenidos, además de que hay que rellenar titulares a falta de un nuevo caso de corrupción). El anfitrión se explayó relatándoles que sus primeras sospechas se confirmaron en cuanto tuvo lugar la segunda escenificación, le parecía demasiada casualidad que dos personas fuesen vestidas de un modo tan llamativo, así que, o bien se trataba de un castigo divino por tener tan mal gusto a la hora de vestir, o bien había gato encerrado, a juzgar por los aspavientos que ambos prodigaron para atraer todas las miradas sobre ellos. Su perro arrugó la nariz llegados a este punto, y él lo acarició compasivo, consciente de lo mucho que le hubiese gustado poder echarle una mano para esclarecer el caso. Finalmente a Henri no le quedó más remedio que reconocer dos cosas: que el señor E. tiene una anticuada, pero elegantísima forma de expresarse; y que cocina tan bien como hilvana frases, cosa de la que piensa dar buena cuenta en su blog, tras el descalabro de credibilidad que le supuso caer en la trampa del astuto restaurador que quiso deshacerse de la competencia de un modo tan desleal.     

by Eva Loureiro Vilarelhe

4 comentarios:

  1. ¡Ay! Eva, que ya me voy enterando, de a poco, de las características de la personalidad del señor E. Me he divertido mucho con la historia, con los destellos de humor que le pones para sazonar, como viene al caso. Me encanta cómo usas las figuras gestuales para dibujar a los personajes. Y me ha atrapado, también, la trama, tan bien hilvanada para coincidir con las habilidades del señor E. para resolver este caso. Y por último, ¡qué decir!, de los detalles a los que echas mano a lo largo de la historia para enmarcar la relación que existe entre el señor E. y el C., así como las descripciones del excéntrico Henri. Un placer leer tus historias tan hilarantes, un gusto pasar por aquí. ¡Enhorabuena!
    Un beso.
    Ariel

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    1. Muchas gracias por tus gentiles palabras, Ariel, me alegro de que te haya gustado. El señor E. es un personaje peculiar al que le tengo cariño, por eso sigo escribiendo sobre sus "casos", ya que, dado su carácter, no es difícil que encuentre alguno... Gracias una vez más por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario. Un beso.
      Eva

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  2. ¡Hola Eva! Echaba yo ya de menos al señor E..., una entrega estupenda como las demás. La relación de E. y C. avanza despacio pero va, y fíjate que yo he sospechado de Henri a lo largo del relato y en un montaje para tener "carnaza" para su blog, por eso el final me ha gustado porque me ha pillado desprevenida.
    Muy bien escrito y "sazonado" con ese buen humor que siempre das a tus relatos. ¡Enhorabuena!
    Un besazo.

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    1. Sí, la verdad es que otros relatos le han usurpado el protagonismo al señor E., pero siempre vuelve, jajaja. Me alegro de que te haya gustado y de que te haya sorprendido el final, porque seguramente el señor E. también tenía a Henri entre sus sospechosos... Muchas gracias por pasarte y tener la gentileza de dejar un comentario. Feliz semana y otro besazo para ti, guapa ;)

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