jueves, 16 de noviembre de 2017

Como me llamo Ana



Bliss, bliiisss. Una suave ráfaga de brisa marina revuelve los mechones rebeldes que se resisten a sujetarse en mi improvisado moño sujeto con una pinza. Insisto en retenerlos en lo alto de mi cabeza y retiro con cuidado el que se ha quedado enredado en mis gafas de sol. Las risas de los niños resuenan en la orilla, soy capaz de identificar la de los míos desde donde estoy, pese a que apenas los distingo del montón de críos que corretean por la playa. La mayor ha hecho migas con otra chica de su edad que se aloja en el hotel, y las veo agachadas observando una estrella con inusitado interés. Me sorprende gratamente, ya que nada parece digno de su atención de un tiempo a esta parte, y me recuesto de nuevo en la toalla con placentera parsimonia, tras comprobar de reojo que el socorrista no les quita la vista de encima desde su silla-pedestal. 

Bliss, bliiisss. Fernando ronca ya a pierna suelta a mi lado y me da la risa al escuchar uno de sus característicos bufidos. Me incorporo para verle la cara, a no ser que estire el cuello en modo jirafa su abultado vientre me lo impide, y prefiero verificar si tiene puesto el gorro. El sombrero de paja que se compró nada más llegar para cubrir su incipiente calva le cubre parte del mentón dejando al descubierto su coronilla. Se lo retiro con cuidado de no despertarlo y decido aplicarle más protector solar antes de que se ponga colorado. Hace un par de días que vinimos y yo ya tengo marcas del bikini. Mejor prevenir que curar. Él es muy moreno, pero el chico de la farmacia me advirtió que en el Caribe se puede coger una insolación casi sin querer. Su abundancia de vello en el pecho me hace cosquillas en los dedos, y recuerdo la escena de anoche sonriendo ensimismada.

Bliss, bliiisss. No me extraña que adelgace cuando estamos de vacaciones, aparte de porque no le queda tan a mano el bar de enfrente de su oficina –las apetecibles tapitas que se toma de aperitivo son las culpables de que luzca cintura de luchador de sumo–; es que apenas le dejo pegar ojo por las noches. Yo me quedo roque en cuanto acabamos, pero él a partir de determinada hora se desvela y no coge el sueño hasta bien entrada la madrugada. Eso sí, a él tampoco le parece nada mal que nos desquitemos de lo poco que lo hacemos por semana. Entre lo cansado que vuelve de trabajar y lo frita que me quedo yo en cuanto cojo la cama… Además, me encanta que mientras desayunamos me susurre que estaba muy guapa durmiendo, tosiendo con disimulo para que no lo escuchen los niños.


Bliss, bliiisss. Aprovecho los restos de crema para extenderlos por mis pantorrillas y vuelvo a echar una visual hacia la orilla. Javier está construyendo una fortaleza con la ayuda de su nueva pandilla, mientras Blanca pasea charlando con su amiga. ¿Cómo se llamaba? ¿Marta? Sus padres nos han invitado a cenar con ellos, al atardecer hay un festival en el pueblo y les parece que no debemos perdérnoslo. Antes iremos a dar un paseo en barca, Fer quiere echarse a bucear a ver si le mete el gusanillo a Javi. Blanca ni loca, en eso se parece a mí. ¡Qué día tan precioso está, por favor! ¡Menuda sensación de relax! La arena blanquísima impoluta brilla bajo este maravilloso sol, y el cielo está tan azul que se refleja con hiriente nitidez en las aguas cristalinas. 

Bliss, bliiisss. Moooocccccc. El bocinazo me coge desprevenida y salto enseguida “¡Serás capullo!” “¡Mamá!”, Javi me reprocha la actitud grosera desde el asiento trasero. “Lo siento, hijo, recuérdame que meta un euro en el bote de los tacos al volver a casa.” Un embotellamiento infernal nos tiene retenidos desde hace más de diez minutos y no me he fijado en que el semáforo se ha puesto en verde, solo veía el azul de aquel cielo… ¡qué le voy a hacer! Yo también tengo prisa, pero preferiría seguir relajándome en el Caribe, será… mejor no lo repito, o de lo contrario me voy a quedar sin cambio en la cartera. “A este paso no llego a inglés”, apunta risueño sin rastro alguno de pena. “Y tu hermana me va a matar por tenerla más de media hora esperando en el conservatorio…”, refunfuño a sabiendas de lo que me espera.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El sensor del limpiaparabrisas aumenta la cadencia al notar que por fin acelero. “Si quieres pasamos antes a buscarla a ella, total, cinco minutos más o menos… Helen me va a reñir igual por retrasarme.” Lo observo por el retrovisor antes de dar la curva y decido hacerle caso, giro a la derecha. Abre los ojos de par en par asombrado. “¿Mamá?” “¡Hoy no vas!”, el cielo encapotado apoya mi decisión y me echa un cable descargando su malhumor sobre la ciudad. “Con este diluvio será mejor que recoja a Blanca y nos tomemos un chocolate caliente en la cafetería de la esquina, ¿qué te parece?” Sus exclamaciones de júbilo no se hacen esperar.


Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El repentino aguacero desata escenas de pánico entre los viandantes en busca de abrigo bajo los soportales, y el tráfico se congestiona todavía más. A estas alturas ya tendría que haberlo dejado a él en la academia, Blanca debería estar sentada a mi lado sin hablarme de camino a su clase de danza, y yo empezando a volverme loca para encontrar sitio donde aparcar lo suficientemente cerca de los dos sitios, para no empaparme al ir buscarlos pese a estar bien provista de paraguas. Me niego. Mi nariz está más atascada que esta maldita avenida y llevo sin tomarme un respiro –nunca mejor dicho– desde las siete de la mañana. Además, Javi odia ir a más clases después de pasarse tantas horas en el colegio, y Blanca va por inercia, supongo que cualquier excusa es buena con tal de no tenerme delante.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Parece que amaina, a ver si puedo recogerla sin que se le moje el violín, sino se pondrá furiosa. De hoy no pasa, esta noche hablo con Fer. Con el dinero que nos ahorraríamos de todas estas inútiles actividades extraescolares podríamos irnos por ahí algún fin de semana. Los niños están tan estresados como nosotros, se aburren con lo que sea que hagan, y se pasan el día encerrados entre cuatro paredes. Mejor me los llevo de paseo las tardes que tenga libre, llueva o nieve. Blanca va a estar de morros de todas formas, así que por lo menos Javi se lo pasará en grande. Y las próximas vacaciones nos vamos al Caribe, como me llamo Ana. O a las Canarias. A un paraíso de esos que nos haga olvidarnos de nuestra rutina durante una semana, que ya estoy harta de imaginármelos, quiero deleitarme de una vez por haber estado allí. O mejor quince días. Como me llamo Ana que vamos.


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 9 de noviembre de 2017

Poco importa ya



Acabo de ser abuelo por segunda vez. Rosalinda le pusieron, y se me hizo un nudo en la garganta al verla. “Como lo repites tanto últimamente… nos gustó”, me explicó mi nuera y le sonreí emocionado. A la mayor quisieron llamarla como mi difunta esposa. Mi hijo puso a la venta mi piso y me llevaron a vivir con ellos en cuanto los médicos sentenciaron que estaba empezando a perder la cabeza. Mi nuera es huérfana desde muy joven, por eso me trata como si fuera su padre, aunque sé que a veces no me doy ni cuenta. Por eso cuando estoy lúcido le insisto en que es demasiado buena conmigo.   

A finales de octubre les dije que quería volver a México, me miraron creyendo que era otra de mis crisis, y no tuve más remedio que explicarme. “Allí conocí a Rosalinda. El Día de los Muertos tengo que honrar su memoria, antes de que la mía se apague definitivamente.” No quisieron dejarme solo, durante el vuelo me vi obligado a contarles la historia, los que sufrimos mucho en el pasado no solemos hablar de él, y yo tampoco es que sea hombre de muchas palabras. 

Era la hija del dueño de la hacienda en la que trabajé poco más de un año, para pagarme el billete de vuelta a la costa gallega que me vio nacer. Su padre me entregó una carta de recomendación, apenado por tener que desprenderse de su mejor capataz. De haber sabido lo nuestro dudo que hubiera sido tan generoso. O tal vez sí, porque muchos años después me escribió para contarme que su hija se había quitado la vida el mismo día de su boda de camino al banquete. Solo yo entendí por qué lo hizo, o quizás él lo fue intuyendo con el tiempo; o bien, rebuscando con nostalgia en su habitación cualquier recuerdo que le avivara su presencia, encontró algo que le llevó hasta mí, y creyó que tenía derecho a saberlo.  

Entonces no pude llorarla, mi esposa estaba a punto de hacerme padre y no quise preocuparla. Me guardé lo que sentía, aunque a mí no pude engañarme. El amor que me inspiraba aquella dulce criatura era sincero, y me aferré a eso tratando de no olvidarlo jamás. Amé a la compañera de mi vida por comprenderme sin necesidad de palabras, las mujeres siempre saben más de lo que dicen saber. Hace poco la enterré consciente de haber perdido a quien mejor me entendió, incluso mejor que yo, porque hasta el padre de Rosalinda se dio cuenta de que la amaba más de lo que me reconocía a mí mismo.  

Era un hombre trabajador y austero, pese a ser el propietario de la plantación de caña de azúcar más grande de los alrededores. Su única hija tenía catorce años cuando la conocí, quince recién cumplidos cuando se mató. No me llamó demasiado la atención, a mis veintidós años me pareció una cría. Poco pecho y estrechas caderas, sedosa melena negra por la cintura y largos vestidos en colores claros que le cosía su madre. Supongo que fue eso lo que me cautivó, el contraste con su bonita tez morena y la curiosidad con la que me escrutaban sus ojos oscuros. Imagino que a ella le sucedió lo mismo, fueron mi piel blanca e iris azules los que hicieron que se fijara en mí. 


Nunca le hice caso al ser la hija del patrón, estaba allí para trabajar y tampoco me relacionaba demasiado con los demás. Los encargados y toda la cuadrilla solían emborracharse en la taberna al acabar la jornada, yo prefería la cerveza al tequila, no seguía su ritmo y me retiraba antes a dormir. Precisamente fue en mi cama donde me la encontré desnuda la víspera de mi partida, llegué más tarde de lo habitual, insistieron en despedirme como es debido y se había dormido entre mis sábanas. Me quité la camisa y se la puse para no tener a la vista su virginal belleza, se despertó entre mis brazos e intentó besarme, pero se lo impedí. Noté el dolor que le produjo verse rechazada y le acaricié la mejilla. “Estás prometida, y yo me voy mañana.” “Quiero que seas tú, no me gusta el que me han buscado mis padres.”

Estuve tentado, la verdad, aunque no lo hice. Supongo que la quería demasiado como para desflorarla y marcharme después sin más. Así que me convertí en Sherezade por una noche para entretenerla hasta el alba, contándole la única historia que sabía. La mía. No volví a relatársela a nadie, y ella fue la primera que la escuchó. Sus bonitos ojos negros abiertos a más no poder, al conocer mis vicisitudes hasta que su padre me ofreció trabajo. Se llevó mi camisa al amanecer, y el beso que me suplicó que le diera. Eso no pude negárselo, su piel desprendía el atrayente olor de la vainilla que ayudaba a recolectar con las demás mujeres en la hacienda. Su boca cálida me dejó sin aliento poniendo de manifiesto sus deseos, y tuve que redoblar mis esfuerzos para reprimir los míos.

Con mi hijo y mi nuera no entré en tantos detalles, porque me perdí entre los recuerdos y no conseguí expresar todos los que revoloteaban por mi mente. Por las calles abarrotadas el estallido de color se confundía con la algarabía de la música y los disfraces, me dejé llevar mezclándome entre la masa de gente que celebraba la muerte. Doncellas bailaban y cantaban por doquier, transportándome a un pasado que ya no se me antojaba tan lejano. De repente una de ellas me asió del brazo, la reconocería entre un millón pese a la máscara de maquillaje, su preciosa melena recogida adornada con flores. “Sabía que cumplirías tu promesa”, me susurró al oído. Me extrañó que fuera capaz de ver a su amor de antaño bajo mi decrépito aspecto. “¿Todavía me recuerdas?”, conseguí decirle a duras penas. “Cómo olvidar esos ojos…”, volvió a musitar acariciando mis arrugas con sus finos dedos. Y la besé.

Sus labios se descompusieron entre los míos, confundidos en medio del ensordecedor festejo que nos rodeaba, hasta que una luz brillante me cegó. “Fallo cardíaco, no pudimos hacer nada”, dijo el doctor saliendo del quirófano y lo seguí curioso por saber qué ocurría. Mi hijo lo miraba más pálido que nunca. ¿Mi corazón no late?, me pregunté extrañado, pues me sentía más ligero que nunca, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima. A mi nuera le corrían las lágrimas por las mejillas con la pequeña en brazos, le acaricié la cabecita al pasar, procurando no interrumpir su siesta, sonreía en sueños. La mayor me miró sorprendida exclamando: “¡Abuelo, eras mucho más guapo de joven!” “Cuida de ellos por mí”, le dije a modo de despedida guiñándole un ojo, y me aferré a la mano que me obligaba a alzar el vuelo. Poco importa ya que sus cabellos me olieran a moho, o que su beso me supiera a tierra removida, porque ya no lo noto. Ahora ella vuelve a ser la preciosa adolescente de la que me enamoré perdidamente en mi juventud, y yo aquel chico que puede al fin hacerla suya para siempre. ¡Qué digo, para siempre…! ¡Para toda la eternidad!

by Eva Loureiro Vilarelhe 

  



jueves, 2 de noviembre de 2017

¡Va por ustedes!



Pese a que las corridas llevaban años prohibidas, la plaza continuaba suscitando interés por su fachada de mampostería color calabaza adornada de filigrana mozárabe. El ayuntamiento decidió seguir haciendo caja permitiendo las visitas al público, o realizar conciertos multitudinarios de estrellas del pop a las que les parecía cool cantar allí. O incluso que el director rarito de moda pusiera en escena la enésima adaptación del Don Juan Tenorio, la misma noche de Difuntos. Subida de tono, eso sí, para espolear a los críticos teatrales y que el morbo estuviera servido, todo con el afán de colgar el cartel de “NO HAY ENTRADAS”.

Los actores agradecieron que el efecto invernadero mantuviera las temperaturas al alza y que, por descontado, no lloviera. De lo contrarío se les haría más duro subirse a un escenario a la intemperie tan ligeros de ropa, rayando ya noviembre. Ni que decir tiene que el éxito estaba asegurado de antemano, el calentón previo en todos los medios locales ayudó a que los espectadores aplaudieran a rabiar nada más caer el telón. Es un decir, claro, porque no había cortinaje alguno y simplemente se apagaron las luces. El apoteósico efecto final fue casual, la luna llena –cual cañón expresamente dirigido hacia ese punto– iluminó a la pareja protagonista, desnuda y hecha un ovillo sobre la tarima. Y la ovación no se hizo esperar, con el coso al completo en pie. 

Borracho de alabanzas en aquel caldeado ambiente, el actor principal se desmaquillaba a solas sin prisas en el camerino improvisado en la antigua enfermería. Los tramoyistas le habían advertido que se quedaría a oscuras, pero no le importó. Esperaba a la actriz que sustituía a Doña Inés, una joven bastante más agraciada que la elegida como protagonista, aunque con menos talento y experiencia sobre las tablas. “Yo que tú me largaba antes de las doce”, le advirtió uno de los técnicos de sonido que cerraba la comitiva. “¡Paparruchas!”, le hacía gracia esa palabra –la usaba siempre que podía–, y ahora le venía al pelo. “¿No irás a decirme que crees en esas historias?” El otro se encogió de hombros haciendo un mohín. “Prefiero no tentar la suerte.” “¡A mí de eso me sobra!”, se jactó el galán, y su carcajada se confundió con el estruendo del motor del camión.

La chica apareció armada con la linterna del móvil, le temblaban las piernas y se quejó de que no la había avisado de que ya no quedaría nadie. “No sabía que te gustaría tener mirones, lo tendré en cuenta la próxima vez…”, le dijo él desnudándola con la mirada, y acto seguido se lanzó a hacerlo con las manos. Era tan fácil como insinuarles que podía conseguirles un papel mejor, pan comido, teniendo en cuenta que las remataba con su estudiada y arrebatadora caída de ojos, que resaltaba más si cabe sus llamativos iris azules. En toda su carrera, tan solo un par de chicas no habían accedido a sus deseos. Lesbianas, seguro, se decía él altivo, incapaz de reconocer que tuvieran principios, o que fueran más de dos, ya puestos. 


Ella se apresuró a salir de allí antes que él, aparte de porque aquel sitio le daba escalofríos, no quería retrasarse demasiado en llegar a la fiesta que daba el director en su ático, para celebrar por todo lo alto –nunca mejor dicho– que se había convertido en el enfant terrible del momento. Sería el lugar idóneo para hacer contactos –o liarse con alguien todavía más importante–, no se fiaba demasiado de que fuera a sacar algo en limpio del reciente revolcón. En fin, qué se le iba a hacer, al menos este estaba lo suficientemente bueno como para que mereciera la pena abrirse de piernas. 

Él continuó con su parsimonia característica, mejor si se retrasaba más de lo normal, todo el mundo estaría pendiente de su llegada. Incluso el director, que bebía los vientos por él, y él se dejaba querer, qué más le daba si le metía mano mientras pasaban el texto en su despacho, o entre las sábanas… Todo sea por amor al arte. Al suyo, claro. El grito desgarrador de la chica lo escuchó subiéndose los pantalones, y todavía se abrochó los botones de su camisa negra entallada con calma. “Una araña se le enredó en la melena, apuesto lo que sea”, dijo en voz alta ante el espejo recordando las gruesas telarañas que adornaban los altos techos, poniendo cara de interesante como cuando acudía a un casting. Le gustaba alardear de su temple en situaciones de peligro, si pudiera hacer una de acción en el cine no querría que lo doblaran en las escenas de riesgo. 

Los aplausos lo cogieron desprevenido y apuró un poco el paso adentrándose en el callejón. No dio crédito a lo que veían sus ojos. La plaza volvía a estar igual de abarrotada que durante la función, solo que su aspecto se le antojó bien distinto. Quizás es por el brillo de la luna, pensó admirado de que toda aquella gente tuviera un extraño halo plateado. ¿Estaré favorecido?, eso era lo más importante. Al acercarse se admiró de sus ropas, la mayoría pasada de moda, muchos hombres con boina de visera y puros humeantes, algunas mujeres con peineta y mantilla. Parecía tan real que era imposible que fuera un sueño, ¿serían los extras de otra representación de la que no tenía noticia? De serlo, estaban muy metidos en su papel, porque aplaudían, vaya si aplaudían. Solo entonces se fijó en el animal. El toro más grande que había visto en su vida daba la vuelta al ruedo al son de los vítores.

¿Será posible que le estén aplaudiendo al bicho?, se preguntó asombrado, y a continuación vio al torero aproximarse al burladero. Su fina estampa favorecía la apostura con que caminaba, igual que él –experto como era en la materia–, dejando constancia de la elegancia con que se movía ante su entregado público, su traje de luces refulgía bajo la luna llena. 
— ¡El figura nos honra al fin con su presencia! — dijo a viva voz dirigiéndose a él, y buena parte del tendido prorrumpió en carcajadas, el resto no lo hizo porque no llegó a oírlo.
Sonrió sin venir muy a cuento, confundido como estaba por no entender a qué demonios venía todo aquello.
— Aquí tiene —le dijo tendiéndole un par de banderillas.
— ¿Qué quiere que haga con esto? —consiguió preguntar a duras penas, su arrojo para las escenas de acción parecía mermar en ese momento.
— Ya sabe, ¡clavárselas! —le indicó al morlaco con el mentón.
— ¿Y-… y-… yo? —balbuceó sin rastro de valor alguno.
— ¡Claro, hombre, no se me achique ahora, con lo bien que le salieron las dos faenas!
— ¿Cu-… cuáles?
— ¡La de la obra de teatro esa, hombre! ¡Y después con la chica… ya me entiende! —le guiñó un ojo cómplice y él trago saliva asiendo las banderillas.
— Pero… ¿no iré a hacerle daño? —su pregunta iba más bien por el miedo que tenía de salir al ruedo a enfrentarse a ese pedazo de monstruo, aunque algo le decía que era mejor hacerlo, la mirada torva de aquel torero no le hacía ni pizca de gracia.
— ¿Daño? ¡¿Pero cómo va a hacerle daño si ya está muerto?! —las carcajadas del público no se hicieron esperar— ¡Si no es más que un ectoplasma, hombre! ¡Ea, un fantasma, para entendernos…! ¡Como el resto! —el matador fue quien prorrumpió en carcajadas esta vez— ¡No me sea cobarde, y compórtese! ¡Salga ahí con dos coj…! 
Los vítores ahogaron su última frase, lo cogió por el hombro para sacarlo de detrás del burladero entre la fervorosa ovación de los asistentes, ahora era a él a quien le temblaban las piernas al verse sobre la arena.
— Pero antes, repita conmigo: —le dijo en un susurro blandiendo su montera para saludar a sol y a sombra— ¡Va por ustedes!
— ¿Va por ustedes? —le preguntó en el mismo tono de voz.
— ¡Sí, hombre, pero grite más, sino no le van a escuchar en los palcos! ¿No ve que ambos nos debemos al público? ¡Ni que fuera un principiante, ea!
Su orgullo se resintió ante ese comentario y recuperó en parte la compostura, se irguió adoptando un aire triunfal y alzó una mano, sosteniendo las banderillas con la otra.
— ¡Va por ustedes!
El torero, sonriendo satisfecho como si estuviera orgulloso de su pupilo, le dio un par de palmadas en la espalda, al mismo tiempo que los espectadores jaleaban para que se reanudara la función de una vez.

El toro se encontraba a bastante distancia, al sentir el griterío se giró hacia el que osaba entrometerse en su territorio. Bramó pateando el suelo, y se lanzó en dirección al aterrorizado galán venido a menos. Este alzó las banderillas sobre su cabeza, como si aquello fuera a proporcionarle algún tipo de protección. “Coja carrerilla”, le aconsejó el matador a pocos pasos de él blandiendo su capote. Obedeció pese a que el tembleque le hacía doblar las rodillas al correr, y –a punto de cruzarse con el toro–, separó la vista para no ver cómo lo embestía. Y entonces la vio. Completamente despanzurrada en un lateral. 


Su espalda permanecía erguida de milagro contra las tablas, una pierna por un lado, la otra girada de manera grotesca, todo indicaba que se la habían seccionado a la altura de la femoral y colgaba de un resquicio de pellejo. Clavado en la raíz del cabello tenía el estoque del torero, como si aquel, jugando a dárselas de Guillermo, no hubiera alcanzado la manzana por los pelos, nunca mejor dicho. Por eso estaba todavía levantada, porque sus sesos se desparramaban por doquier cual caramelos de una piñata reventada. No pudo evitar vomitar tras reparar en el macabro espectáculo, lo que propició que bajara los brazos y se clavara la parte trasera de la banderilla en uno de sus preciosos ojos. 

El globo ocular entero saltó al ruedo sin tanto miedo como su propietario. Los aplausos se reduplicaron –silenciando sus aullidos de dolor–, los pañuelos blancos se multiplicaron en los asientos, y el torero hizo los honores. Le cortó una de las orejas de cuajo, antes de que se diera cuenta siquiera de que el toro había esquivado con arte su cuerpo, antes de precipitarse al suelo.
— ¡Bartolo, remátalo! —lo increpó el matador, y al astado se le adivinó una especie de sonrisa en sus ojos de azabache.
Utilizó su cornamenta para alzarlo sobre su cabeza, el actor volvió en sí en mal momento, porque uno de sus pitones le rajó el abdomen y la fuerza de la gravedad propició que sus intestinos brotaran de golpe, en vano trató de sostenerlos. Fue a caer justo junto a la chica desvencijada, destripado, tuerto y sin oreja, esperaba el golpe de gracia sin miedo ya, consciente de su destino. 
— ¡Espera, Bartolo! —el toro frenó en seco y se giró hacia el torero— Que vea para lo que se ha construido este templo, ahora que ya sabe lo que les espera a los que lo profanan…

El maltrecho galán había perdido demasiada sangre para aguantar la demostración al completo, le dio tiempo a presenciar unas cuantas verónicas de “El Niño de la Estampita”, y poco más, antes de que su único ojo se cerrara para siempre. Escasos minutos después de rayar el alba la plaza quedó desierta, tan solo la difunta pareja yacía junto a un burladero haciéndose compañía en su desgracia. En el coso resonaba el eco de una conversación entre otra pareja fallecida hacía mucho más tiempo. 
— ¡Ay, Manolo, lástima que no podamos comernos a Bartolo después de la lidia! ¡Con lo que echo de menos el guiso de rabo de toro! 
— ¡Mujer, no digas eso, con el cariño que le he cogido yo ya al Bartolo…! ¡Además, ahora tampoco podrías ni catarlo!
— En eso llevas razón, Manolo, aunque mi culo sigue igual de gordo pese a no probar bocado… 
— ¡Mejor, que así es que como a mí me gusta, Paca!
Y el manotazo que le propinó en el trasero resonó en el albero de camino a los toriles.
  

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 26 de octubre de 2017

¡A la mierda la dieta!



Advertenciaeste relato está basado en una historia real, los elementos ficticios que puedan aparecer se  deben  a las licencias que se tomó la autora a la hora de escribirlo. Dedicado con cariño a la pelirroja de bote que se merece el  futuro   que   le aguarda   al  doblar  la  esquina  de  la inmediatez.                                                                       


Carta abierta a toda la gente de bien a quien le pueda servir de ayuda o interés mi experiencia,  
(a la de mal, preferiría no dirigirme, pero si insisten en leerme, qué se le va a hacer)

El día 1 de julio de 2016 llovió. Este dato no sería en absoluto relevante si tenemos en cuenta que sucedió en mi ciudad, famosa en su día por ser punto estratégico militar debido a su inigualable situación en el Noroeste de la Península Ibérica. Es decir, que estamos hablando de Ferrol, por lo que a nadie le extrañará que llueva en pleno verano, es más, ese verano se caracterizó precisamente porque las precipitaciones fueron  bastante escasas. Aquel mes de julio apenas lo hizo tres días, uno de ellos el susodicho primero de mes, que se convertiría fatídicamente en el que dio inicio a una larga serie de tribulaciones que pretendo relatarles.

Pero vayamos por partes. Aquella mañana me vestí para ir a trabajar haciendo caso omiso a la climatología: blusa fresca, pantalones Capri, y unas preciosas sandalias planas nuevas. Perfectas para completar mi atuendo veraniego, aunque no imaginaba que –gracias al suelo mojado de granito pulido, a mis prisas por no retrasarme, y a sus finas suelas deslizantes– también serían perfectas para hacer aquaplaning cual bólido que pierde el control sobre su tracción trasera, cayéndome de bruces justo delante de la entrada de mi oficina. El dolor agudo que sentí en el tobillo izquierdo me indicó que, pese a haber tenido la suerte de salvarme por los pelos de partirme la crisma, algo iba mal, pero que muy mal… y en el hospital me lo confirmaron.

Fractura de maleolo. Supongo que alguna universidad de origen sajón habrá realizado un concienzudo estudio estadístico sobre el cálculo de probabilidades que tiene un adulto, en función de su sexo y complexión, de romperse ese saliente del peroné –al parecer es bastante común–; y lo único que saqué en limpio fue no acostarme sin saber una cosa más ese día, ya que acababa de descubrir una parte de mi anatomía completamente desconocida para mí. Ni que decir tiene que me hice una experta en la materia –a base de documentarme como nos recomiendan los médicos siempre que NO hagamos–, buscando en internet los dimes y diretes sobre la problemática que conlleva una rotura de este tipo. No entraré a darles datos exactos para no aburrirlos con las segundas, terceras y hasta vigésimas opiniones que llegué a consultar; me limito a resumirles las consecuencias que acarreó mi lesión: tres meses de escayola y once más de rehabilitación, tras resistirme a ser intervenida quirúrgicamente.     

El alta definitiva me la dieron otro día primero de mes, concretamente el de septiembre del presente año, y reconozco que yo estaba igual de mareada y perdida que cuando me quedé patidifusa en el suelo nada más resbalar contra todo pronóstico. Porque sí, contra todo pronóstico –ejem, la ironía camufla la evidente mala leche que se me puso al darme la noticia– la mutua decidió que iba siendo hora de abandonar el tratamiento para recuperar la movilidad de mi tobillo, y que si notaba agujas punzantes cada vez que apoyaba el pie para caminar, eso ya era cosa mía, que me las arreglara como bien pudiera, que ya estaba bien de aprovecharme de la sanidad pública en mi propio beneficio –sí, que fuera mi primera baja en veinticinco años dando el callo yendo a trabajar hasta con fiebre, no parecieron tenerlo en cuenta–. Y que si los mareos se debían a la medicación que tomaba bajo prescripción facultativa para aliviar el dolor –además de las pastillas para dormir que me veo obligada a utilizar desde que mi porvenir se puso tan negro–, pues que me quedara en casa reposando, porque no tenía nada mejor que hacer. Y, para mi desgracia, en cuanto a esto último, estaban en lo cierto, porque por el calamitoso camino de mi lenta y desesperante recuperación, me quedé sin trabajo y sin posibilidad de conseguir otro.

Mi antigua jefa tuvo la maravillosa idea de enviarme la carta de despido cumpliendo con el mes de antelación que estipula la ley con que debía avisarme. ¿Quién me mandaría a mí nacer en diciembre?, puesto que me llegó el día de mi cumpleaños, para que se hiciera efectivo a partir de enero. Empecé el año deprimida y sin perspectivas laborales, puesto que seguía inmovilizada en mi quinto sin ascensor, del que a duras penas conseguía bajar a hacer la compra. Me dediqué a leer, a hacer cursos online, a seguir mejorando mi buen inglés, y a perder amigos a cuyas llamadas ni respondía, puesto que no me apetecía tener que repetirles que mi rutina diaria se resumía a aguantar el dolor y desear con todas mis fuerzas que mi maleolo se fuera al infierno, porque no podía alegrarme de saber de su existencia, una vez comprobada su resistencia a recuperarse.

Entremedias, tuve que rechazar un par de ofertas de empleo por estar de baja médica, y también desplazarme en tren a Madrid en repetidas ocasiones para continuar con mi rehabilitación. El cúmulo de catastróficas desgracias continuaba haciendo mella en mi amor propio, porque si no me quedaba atrapada en el tren por una inusitada avería, me daban la habitación equivocada, o me cambiaban el viaje de regreso sin previo aviso ni compensación de ningún tipo. Lo único que saqué en limpio fue conseguir mantener a raya mi paulatino aumento de peso tras tantos años atada a una silla de oficina, sí, parece mentira, porque mi continua inmovilidad auguraba todo lo contrario; sin embargo, desde aquí aconsejo a los gurús de las dietas que incluyan entre sus artimañas el desempleo, no hay nada que estilice tanto la silueta como los quebraderos de cabeza que provoca no saber cómo va una a llenar el plato en un futuro demasiado inmediato.


Pero llegó el día del alta y mi ímpetu por comenzar a olvidar todo lo sucedido me llevó a matricularme en un curso de posgrado, ansiosa por enriquecer mi formación además de incrementar mis posibilidades de acceder de nuevo al mercado laboral. Supongo que a estas alturas ya se las habrán imaginado: nulas. Mujer, auxiliar administrativa y cincuenta años cumplidos. ¡Los empresarios se pelean por hacerse conmigo! Mi sarcasmo no  resiste un nuevo escollo, que viene a dejar mi autoestima por los suelos, ¿qué digo por los suelos?, ¿la habré perdido en el subsuelo? Debió de haberse sumido por la alcantarilla el lluvioso día que me caí, quizás un cocodrilo se la zampó de un bocado, alimentando así la leyenda urbana que habla de su existencia en los canales por los que discurren las aguas fecales, y sus lastimeras lágrimas se me contagiaron desde entonces.  

Porque ¡horror!, descubro que no estoy a la altura de los requisitos del posgrado en ningún sentido. Conducir es un martirio con un pie dolorido sin acabar de reponer, la universidad queda lejos y yo ya estoy mayor para estos trotes, por no decir para codearme con compañeros que me dan mil vueltas en el manejo de las nuevas tecnologías, por mucho que yo pueda enseñarles a ellos cómo utilizar la cabeza para algo más aparte de llevar peinados a la última. Y acabo por tirar la toalla, mi barco zozobra tras un mes desde mi alta médica, sin pescar ni una triste raspa de sardina en el agitado mar de las colas del paro. Aunque mi consejera laboral me dice que no me rinda, que reúna las precarias fuerzas que me restan todavía para adecentar mi currículum, y que me arme de valor para ir entregándolos allá donde crea que puedan requerir de mis servicios (el todo vale, tú déjalos y listo, se lo intuyo yo en su entrenada mirada compasiva).

Así lo hago, una triste mañana fría y soleada arrastro mis pies de plomo hasta un polígono industrial salpicado de todo tipo de empresas, salvo industrias, donde consigo deshacerme de tres de los diez que imprimí antes da salir de casa. Regreso cabizbaja, nadie se ha dignado a mirarme a la cara al entregarle en mano toda mi vida –frustraciones, esperanzas, desilusiones, anhelos, devaneos, conquistas, traspiés, logros y decepciones– resumida en una carilla coronada por mi foto, esa en la que tampoco se han fijado, y eso que estoy guapa y todo, sonriente, arreglada y maquillada, para dar buena impresión a primera vista. Me despojo de la ropa elegante y del maquillaje, de la sonrisa no hizo falta, ya la perdí en el trayecto de vuelta, y me voy directa a la cama consciente de que al día siguiente me espera más de lo mismo.


Pero no. Mi móvil sin datos arde al conectarme a la wifi. Tengo mails, WhatsApp, y hasta llamadas perdidas de dos números desconocidos. El primero en la frente. Un hombre efervescente solicita mi presencia inmediata en sus oficinas, y allá me voy sin saber a qué se debe tanta urgencia. Al vuelo me pongo las pilas para adaptarme a su ritmo frenético, y al despedirme todavía no me creo que tenga la intención de contratarme, no me fío del ya te llamaré para confirmártelo, me suena a un no encubierto. La segunda en el corazón. Una mujer amable me pide ayuda y acudo solícita, le han hablado de mí y le doy el par de consejos que necesita para gestionar su negocio, y se levanta para darme un abrazo. En cuanto hable con la gestoría te confirmo cuándo empiezas. ¿Un abrazo? Ah, ¿pero esto es una entrevista de trabajo? Debe de ser un flechazo entre pelirrojas, me digo a mí misma, juraría que usa el mismo tono rojo ciruela que yo. 

Regreso de nuevo a casa, esta vez pisando huevos, procurando no romper nada, o al menos no despertarme del sueño que estoy viviendo. La realidad me golpea con contundencia al día siguiente, y por partida doble. “¡Vente, que ya si eso vamos hablando de las condiciones mientras trabajas!”, me dice el hombre con sus prisas características. Y la mujer dulce me llama para decirme que empiezo a primeros de mes. El resto de detalles sobre la redacción de mi contrato quedaron diluidos por la explosión de alegría que sufrió mi mente en ese instante. Colgué y grité rabiosa para mis adentros: ¡A la mierda la dieta! ¡Hoy me pego un homenaje en toda regla! Y mientras cavilaba sobre los múltiples manjares que servirían para celebrar que en breve tendría dos mini-jobs como cualquier joven que se precie hoy por hoy de estrenar historia laboral, pensé también, tengo que buscar la forma de ponerlo por escrito. Para dar fe de que si una cincuentona sobradamente preparada pese a estar algo oxidada, es capaz de encontrar trabajo en una ciudad en sempiterna crisis, eso quiere decir que en este mundo todavía quedan algunos retazos de esperanza. 

Sinceramente se despide,

            Una víctima más de las vueltas que da la vida. 


P.S.: Así que en definitiva tendré que añadir otro día uno a la lista, esta vez de noviembre, en el que podré poner fin al calvario que viví estos dieciséis meses, porque ya ven, a mí me ha tocado ejemplificar en mis propias carnes el mismísimo colmo de un desempleado: que tras entregar solo tres CV me contraten en dos sitios a la vez, sin que haya dejado allí ninguno. Si me lo permiten, ya para terminar, les daré un consejo de última hora sobre el tema de las dietas. Una cacerola repleta de puré de calabaza es una baza a tener en cuenta: alcanza para cenar durante una semana entera; aparte de vitaminas y demás, depura el organismo por sus propiedades diuréticas; y, qué duda cabe, resulta la mejor opción para economizar en épocas en las que toca apretarse el cinturón (además de ser estupendo para llevarse algo caliente a la boca cuando estás hasta arriba de trabajo y no das hecho). Gracias por su paciencia y atención, y buen provecho, hipocalórico.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 19 de octubre de 2017

Hubo una vez


El sudor corre por mi frente como el agua en la desembocadura de un río, sin nada que lo retenga de alcanzar el mar. Me gusta que se note que me esfuerzo. La última serie de cincuenta fondos procuro hacerla más rápido, que la maquinaria parezca que va a reventar. Pero no. No reviento. Lo sé porque llevo años haciendo lo mismo, quemándome en el gimnasio para conseguir una figura que roza la perfección. La alimentación es fundamental, y el cuidado en los detalles. Comer cualquier alimento no estipulado en mi dieta puede costarme echar a perder una semana entera de trabajo, no es que tenga que recuperar la forma, pero mi metabolismo lo nota. La química es una ciencia exacta.

Al acabar me dedico a estirar cada músculo de mi cuerpo, lentamente. La prisa es mala consejera, como se suele decir, y en cuestión de fitness, lo peor. Un movimiento en falso significa una lesión. Y uno ya tiene una edad en la que es imprescindible andarse con ojo. Los cuarenta no perdonan. Pero me mantengo. Sigo siendo el ejemplo a seguir. El único que respeta a rajatabla los tres pilares. Ejercicio personalizado, dieta estricta e hidratación milimétrica. En realidad serían dos, si contásemos la bebida como parte de la alimentación, sin embargo es tan fundamental que merece un capítulo aparte. Tonto de aquel que toma esas estúpidas bebidas energéticas, azúcar directo en vena sería menos dañino. Agua. Es lo que necesita un buen deportista. Cuanto más pura, mejor. Importada de Japón la única que bebo yo.

El vaho que desprende mi espalda sobre la esterilla se evapora nada más incorporarme. Y pienso en ella. Desapareció tan rápido como apareció en mi vida. Y todavía la recuerdo. Estábamos hechos el uno para el otro. Polaca me dijo que era. No me importó. Me crucé con ella al salir del gimnasio, ante la puerta del salón de belleza donde trabajaba. Impresionante. Melena rubia impecable. Ojos azules de infarto. Labios rojos a juego con sus uñas, idénticas al brillo metalizado de la carrocería de mi descapotable. Manicura y pedicura de profesional. A eso se dedicaba. Pero lo que más me impresionó fue su escultural silueta. De portada de revista como mínimo. Abrí con el mando desde donde estábamos para que se fijara en mi Z4S. Lo hizo. Porque su sonrisa se ensanchó en el acto, y se mostró solícita a responderme en nuestra primera y breve conversación: 
— ¿Te llevo?
— ¿A tu casa?
— Claro.
— Tengo mi cepillo de dientes en el bolso.
— Eso explicaría su blancura.
— También que me esté tirando a mi dentista. 
— ¿Sabes que eres perfecta para mí?
— ¿Acaso lo dudabas?


No. No hubo dudas. Ni titubeos. Ni contemplaciones. Fuimos uña y carne durante dos semanas. No sé cómo se las arreglaba para estar siempre arreglada según la ocasión. En mi apartamento apenas tenía un par de prendas, eso sí, su bolso era como un cajón de sastre. Supongo que estaría acostumbrada a llevar de todo encima, por si acaso. Y lograba con creces no pasar desapercibida. Un bombón ante la puerta de un colegio llamaría menos la atención que ella a mi lado, y eso que siempre he estado con chicas dignas de mí. Pero ella era especial. La única que consiguió que la respetara más que a mi propio coche. Bueno… casi.

Un descuido lo echó todo a perder. Mío además. Aunque ella tuvo la culpa. Se subió al coche agitando los dedos de un modo singular, me hizo gracia verla soplárselos apurada. “Demasiadas clientas esta tarde, no me dio tiempo a pintarme las mías hasta el final…” No pudo bajarse la falda ajustada para sentarse y se le veía el lunar que tiene en el interior del muslo izquierdo. Me ponía mucho, porque sabía que si una falda se lo dejaba al descubierto al agacharse se le verían las bragas, o el tanga, o todo, si no llevaba ropa interior –como cuando aprovechaba para hacer la colada en la peluquería–. Al quedármela mirando tanto rato no vi a tiempo al imbécil que se incorporó al carril sin poner el intermitente, cuando conseguí levantar la vista de sus piernas al retrovisor, ya lo tenía encima, y me vi obligado a dar un volantazo.


Sucedió tan rápido que ninguno de los dos fuimos conscientes de lo que ocurrió, hasta que soltó un gritito de rabia, asustada al comprobar que a una de sus uñas se le había estropeado la fina y brillante capa de laca. Ni la miré, por el rabillo del ojo vislumbré la diminuta mancha roja en la tapicería de cuero y cambié de dirección. Se extrañó de que parara en aquel descampado. No le dije ni una palabra. La besé en los labios para dejárselos a juego con la uña despintada. Y entretanto su tráquea reventó entre mis manos con la misma facilidad con la que se arruga un pañuelo de papel. 

Un compañero del gimnasio me recomendó el taller de limpieza. “Son profesionales, te lo dejarán mejor que nuevo”, me dijo convencido, y confié en su criterio. Él siempre se duchaba con agua hirviendo, para que en su piel no quedara ni rastro de las bacterias a las que estamos expuestos al compartir las máquinas. La tapicería quedó impoluta, y yo ya había desinfectado a conciencia el maletero, tras deshacerme del cuerpo meticulosamente envuelto en film transparente arrojándolo al pantano. Sin papeles, sin contrato, sin más conocidas que las chicas de la peluquería, su jefa ni se dignaría a mirar la foto que le enseñaría el policía de turno desganado –por tener que ocuparse de un caso menor habiendo tantas chicas de aquí desaparecidas–, y eso si con suerte su familia se acordaba de preguntar por ella, acostumbrados a no tener noticias suyas en meses.

Yo en cambio la recuerdo más de lo que me gustaría. Porque hubo una vez en que llegué a sentir por alguien algo parecido a eso que llaman amor. Que por lo que he leído debe de ser semejante al apego que me tengo a mí mismo. E indudablemente ese alguien fue ella. Aquella rubia despampanante de impresionantes curvas, capaz de reconocer cualquier pieza de Chopin al segundo compás, que se ganaba la vida adecentando las manos de mujeres mucho más feas e incultas que ella, a las que se veía obligada a hacer la pelota en aras de una mísera propina. Fue una pena, la verdad, una verdadera lástima, que tuviera que acabar matándola por estar tan buena. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 





jueves, 12 de octubre de 2017

Bajo esta luz de luna



Te miro y me reflejo en la penumbra de tus ojos de barro,
tu mirada fija en la ventana, horizonte de incertidumbres.
De repente me abrazas, como si mi cuerpo sirviera de ancla…
¡Iluso! Al paso del tiempo, inexorable, volátil sucumbe,
Y no nos queda otra que apurar lo que la vida nos regala. 
Pero ¿quién puede encontrar placer cuando apenas tenemos una? 
Si es eterno este camino hacia la sabiduría y tu amor no
alcanza para mitigar mi dolor, por mucho que me funda
contigo, como el fango maleable bajo esta luz de luna.



                                                                        by Eva Loureiro Vilarelhe





Poema escogido para formar parte de la antología del III Concurso de Poesía "Luz de luna", organizado por Diversidad Literaria, que se publicará en Noviembre



jueves, 5 de octubre de 2017

La maté porque era mía


Sí, lo reconozco, la maté porque era mía… pero en realidad fue sin querer. Eso sí, ¡me tenía harto! ¡Hasta las narices de escucharla todo el santo día! ¡No, no, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra! ¡No puedes decir algo así! ¡Ni lo pienses! En fin, que pueden hacerse una ligera idea de cómo me tenía… Amargado con tanta prohibición. Así que un buen día le planté cara, o mejor dicho, empecé a hacer lo que me daba la gana.

¡No vean qué alivio! Por fin podía resarcirme después de tantos años aguantándome. También es cierto que sucedió por casualidad, una mañana el jefe me gritó más de la cuenta, el genio pudo conmigo y le solté cuatro frescas. ¡Qué a gusto me quedé, por Dios! Me largué pitando de la oficina, y me dieron exactamente igual todos sus reproches. ¡Cómo se te ocurre hacer algo así! ¡¿Te has vuelto loco, o qué?! No, estoy más cuerdo que nunca, así vete acostumbrando, bonita.

No lo hizo, porque cada vez se enfurecía más con mis salidas de madre. Sí, tengo que admitir que me pasé tres pueblos, cinco ciudades y hasta una metrópolis… pero es que ya puesto, me lié la manta a la cabeza. Esto es, me liaba con la primera que se ponía a tiro. Bebí todo lo que se puede beber y más, tras tantos años de ley seca. Empecé a fumar como un carretero. Malversé todos los fondos públicos a mi alcance como el que más –lo que tampoco es que tenga mucho mérito en los tiempos que corren–, pero a mí me sirvió para fastidiarla, porque ella se escandalizaba igual que del resto de barbaridades que me dio por cometer. Vamos, que no delinquí más porque el día apenas tiene veinticuatro horas, que sino, tendrían que detenerme a cada segundo.

Y la gota que colmó el vaso fue cuando me quedé con la paga que acababa de sacar una anciana de su cartilla de ahorros, que se le cayó del bolso justo al lado del taburete de la cafetería en la que me estaba tomando un café leyendo la prensa relajadamente –durante media hora larga, en lugar de los cinco minutos escasos que nos permite el jefe–. Un ápice de compasión me hizo dudar, pero, al comprobar que el camarero estaba ocupado sirviendo cortados en la otra esquina de la barra, el resto de la parroquia a lo suyo, y que nadie se iba a enterar, me guardé el sobre en el bolsillo disimuladamente sin decir ni mu. Qué quieren, ya me estaba percatando de que los vicios salen muy caros y a mí no me sobra ni un euro a fin de mes, además, me hacía ilusión tener un sobre repleto de billetes de esos que están tan de moda. 

Entonces ocurrió. Al principio creí que se le había quebrado la voz de tanto desgañitarse poniendo el grito en el cielo. Después me di cuenta de que no, de que tenía que haberse quedado patidifusa o algo, de un infarto de miocardio, o a causa de un ictus cerebral –que también se estila mucho últimamente al parecer en gente de nuestra edad–. El caso es que no me sentí culpable –al menos en un primer momento–, al contrario, como ya les he dicho antes, supuso un verdadero alivio. El silencio que reinaba en el ambiente resultó de lo más agradable, tanto que me eché una larga siesta y me desperté a las dos horas. Le mentí una vez más al jefe inventando una burda excusa por no haber ido por la tarde a la oficina, y me quedé en casa hasta el día siguiente tan tranquilo.


Los síntomas comenzaron a ser evidentes de ahí a unos días, yo seguía incrementado en número y volumen mis fechorías, pero al no tener a nadie que me censurara con la vehemencia con que lo hacía ella, dejó de parecerme divertido. Fue a partir de ese momento cuando noté un atisbo de arrepentimiento en mi interior, intenté pasarlo por alto porque justo estaba disfrutando de una de mis visitas al club de alterne en el que ya me cobran con descuento las consumiciones, por considerarme VIP –no vean cómo le hacen sentir a uno de importante tres simples letras–, pero no hubo manera. Acabé llorando entre los pechos de una de las chicas –les recomiendo encarecidamente la postura, es mucho más agradable que consolarse en el hombro de alguien, la verdad–, y regresé a casa hecho un trapo, porque es precisamente donde siempre me siento más solo que la una, al faltarme las agarradas que teníamos estando los dos a solas.     

Como comprenderán, acabé por retractarme. No obstante, no quise hacerlo dejando asuntos pendientes, y no me importó incrementar mi lista de malas acciones añadiendo una más. Cegué la cámara del cajero de la esquina con un spray, jaqueé la salida de billetes para que no pudiera contar los que escupía, y le rellené el sobre a la viejecita, dejándole algo de propina por las molestias de la semana que se pasó comprando de fiado en las tiendas del barrio. Total, el banco tiene dinero de sobras y sabe bien cómo cubrir sus números rojos, el resto de los mortales lo tenemos crudo si esperamos que nos rescaten como hacen con ellos. ¿Qué se creían, que uno no tiene su corazoncito? Pues ya ven, hasta se me resbaló una lágrima cuando se lo metí de nuevo en el bolso sin que se percatara siquiera de mi presencia –la pobre está tapia y ni me oyó acercarme a su lado–. Aunque no fue porque me diera lástima la anciana, me apiadaba más de mí mismo ya que estaba dando por terminado mi período de vacaciones inmorales, como lo llamo yo. 

En definitiva, no es que me arrepienta, porque lo que viví estos dos meses de enajenación transitoria, como alegó mi abogado de oficio en mi defensa para evitar que mi jefe me despidiera –que tuviera que pagarme una indemnización de aúpa por el porrón de años que llevo dejándome la piel en la oficina, podría ser otro modo de entender que no lo llevara a cabo, ya saben, uno de oficio no puede considerarse abogado, con todos mis respetos hacia los intérpretes de la ley–, pues eso, que todo lo que experimenté me lo guardo en la memoria, y apenas puedo decir una cosa: ¡que me quiten lo bailado! 

Ahora bien, no se lo recomiendo, no, por su bien. Porque al final acabarán matando de un susto a su conciencia como hice yo, y se lo aseguro, por experiencia, vivir sin ella es un sinvivir –pregúntenselo a Pinocho sino me creen, que mira que echaba de menos a su Pepito Grillo cuando se enfadó con él–. Y es que ya me dirán qué gracia tiene pecar si nadie se entera. Ninguna. Y no me vengan con que lo harían delante de todo el mundo, porque eso se paga con la cárcel y de allí no hay muchas probabilidades de salir bien parado. Así que háganme caso, cuiden a su conciencia y no la hagan sufrir demasiado, que si se les muere como le sucedió a la mía, ya no tendrán ganas de salir de juerga ni en Nochevieja. 


by Eva Loureiro Vilarelhe